(2da parte) YO SOY YO Y MI CIRCUNSTANCIA
Durante el periodo histórico que conocemos como la edad media, todo era gobernado y dictado por dios. Dios representaba el todo y por consecuencia, la vida del hombre estaba en manos de un poder divino. Todo se movía por la voluntad del dios padre y era el dios hijo el que vigilaba que los hombres tuvieran un comportamiento digno para poder ganarse el paraíso.
La existencia de todo ser humano estaba referenciada a la idea del destino, es decir, cada hombre que venía al mundo tenía que cumplir una misión que le había sido otorgada desde el más allá y en caso de no acatar las reglas dictaminadas por el ser divino, había un lugar amenazante…el infierno.
Quienes al final de sus vidas se arrepentían o no habían cometido pecados tan abominables, podían acceder al purgatorio para purificar su alma durante siglos y después encontrarse frente a una puerta de oro donde eran recibidos por San Pedro y tarará…final feliz.
Así que el hombre no valía por sí mismo, nunca por su individualidad. Nacer pobre y morir pobre (el 90% de la sociedad lo era en Europa) era el mandato de dios y por tanto había no sólo que acatarlo, sino agradecerlo, pues la abnegación por la existencia misma era la mejor forma de demostrar que tan buen creyente se era. Dios era el dueño de todo en el universo (mmm bueno, a través del Vaticano) incluyendo nuestro cuerpo.
Así transcurrieron los siglos hasta que el Renacimiento (revolución artística), la revolución francesa (revolución política), el auge del existencialismo y el nihilismo (filosofía) y el auge de la ciencia (búsqueda de la verdad) dieron al hombre la oportunidad de convertirse en el arquitecto de su propio destino, dueño de su vida, de sus sueños y por tanto de su cuerpo. Así, dios dejó de ser el “todo” y ahora ese lugar podía ser ocupado por el ser humano en la búsqueda de las respuestas de fenómenos naturales y sociales. El hombre era ahora el dueño de sí mismo en su individualidad y ello quedó asentado en la creación de los estados laicos.