Me enternece el frío matutino
y el deshielo de los parabrisas,
pero me preocupa que se acabe el oxigeno
a estas alturas sobre el nivel del mar,
el ruido de los teléfonos sin contestar,
el café soluble sin la mezcla exacta...
Don Mario siempre sabía cómo solucionar esas preguntas.
El grifo me ha contado el rumor.
Que los trastes sucios sobre el fregadero
se reúnen cada madrugada
y han formado una asamblea;
están preocupados,
creen que hemos secuestrado a mi padre
y planean levantarse en armas.
Exigirán que lo presentemos sano y salvo,
con las manos limpias de mañana
para ser lavados puntualmente.
La verdad, sí me preocupan.
Durante años mi padre fue su mentor.
Los conocía de sobra,
se preocupaba por ellos.
Estaba al tanto de sus problemas,
sabía sus nombres y el tiempo que llevaban aquí.
Los trataba de manera cortés
para que ninguno se fuera a romper
y siempre les buscaba un buen lugar
donde pudieran secarse a gusto
y después reposar en algún rincón tranquilo,
hasta que volvieran al trabajo.
Pobres. A ellos también les hace falta el viejo.
La casa entera se caerá a pedazos si no vuelve pronto.
La sala presenta malestares,
las chucherías están perdiendo su identidad
porque nadie sabe dónde iban
o cómo ponerlas
y los nietos lo esperan cada tarde en su recámara.
La verdad es que el viejo nos falta a todos
y será mejor que se lo diga
porque hoy lo encontré triste en su cama.
Mañana sabrá que tiene una gran responsabilidad,
que la patria entera que él fundó
-y a la que se entregó con tanto amor-
puede venirse abajo de un momento a otro
y necesita de su Coronel
para seguir viva, feliz.
Pero sobre todo lo necesito yo,
porque no sé qué haré sin el lado izquierdo de mi cuerpo
que es mi símbolo revolucionario
y donde él me puso el corazón.
